En esta generosa entrega, el autor nos ofrece una crónica más de tallada de los primeros asentamientos de la población permanente en la zona santarroseña; la cual durante el periodo de los padres jesuitas de Mojos (1682-1767), había sido solo un lugar de paso en la ruta terrestre y fluvial entre las misiones de Santa Ana y Reyes, y sus inmensos fértiles campos, una extensión de la prolífera ganadería bobina de las pampas occidentales mojeñas, principalmente de la misión de Reyes.